Á esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en público con un señor de levita, motivos gordos debe de tener para ello. Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las calles con más de cuatro inocentes.

Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si tal sucediera.

Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue un toro, llega á columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso á paso, aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él espinoso y áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá de vista, porque es la gente de su barrio.

Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su desesperación.

El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que son verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeuntes; que las piedras echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las manos y el rostro un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y las narices. Tose, estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da fuertes golpes en la acera con el bastón, creyendo que así se oirán menos los apostrofes y bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner más en evidencia sus angustias.

Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que se arriman al insolente y le aplauden para que diga más, y silban cuando lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta allí por un heroico esfuerzo de la voluntad, van á estallar y á matarle; las piernas se niegan á arrastrar aquel cuerpo tan derrengado por las angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir de un estampido, á vivir un instante más en semejante tortura.

Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado á medida que Gedeón se aproxima á su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin llega al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus pulmones y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen cables, y sus manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas en jigote al mismo exterminador de los filisteos.

Desde el umbral de la puerta mira calle arriba, y ve al zapatero detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes.

—¡Vamos, hombre!—le vocea trémulo y como si tratara de animarle con una sonrisa que más parece gesto de agonizante,—¿por qué te quedas ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos.

¡Nequanquis!—responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco, señal de que huele la madera desde allí.