—¡Con franqueza!
—Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que te gustó la platicación.
—¡Mucho!
—Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote!
—¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón!
Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la boca, vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle arriba, y comienza á subir la escalera con tantas dificultades como deseos de vencerlas.
Al llegar á la puerta de su habitación, se encuentra con el médico de marras, que baja. Hace mucho que no se han visto.
—¡Feliz hallazgo!
—¡Calle!... ¡Mi buen Doctor!
—El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida?