—¡Tan guapamente!
—¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho?
—¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo!
—Ni lo intento, amigo mío... Basta verle á usted la cara.
—¿Tan risueña la traigo?
—Como unas castañuelas.
—Yo soy así.
—De modo que va usted llenando aquel vacío...
—Hasta los bordes, Doctor.
—Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos...