—¡Eso, jamás!
—¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe de pesar la de usted, según lo ufano que la lleva.
—Mucho que sí.
—Adiós, amigo mío.
—Agur, mi buen Doctor.
Y mientras éste continúa bajando, el otro se mete en casa, donde le esperan Merto á la puerta y Adonis en el gabinete: el uno mirándole torcido, y el otro barriendo el suelo con el rabo.
Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona; llama á Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le prepare la cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y mientras las dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco á poco.
—¡Y dicen que el buey suelto bien se lame!—exclama después que ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de soltero.—¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta su libertad!... ¡El tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan; pero la verdad es, pese á quien pese, que no me viera en estos trances ignominiosos y otro gallo me cantara, si yo me hubiera casado á tiempo!