Arrodíllase á los pies de su amo, apoyados sobre un taburete; coloca en el suelo los frascos y los vendajes, y comienza á soltar las ataduras de los que Gedeón tiene puestos.

—¡Con tiento, Regla!... ¡con mucho tiento, por Dios, cuando llegues á la rodilla! Una mosca que la roce con las alas, me hace ver las estrellas...

—No tenga usted cuidado.

—¿No, eh?... Si tú lo pasaras, condenada... ¡Poco á poco... poco á poco! Así... ¡Ay!...

—¡Si no le he tocado á usted!

—No importa: el miedo solamente me hace tiritar. Arrolla esa tira para dar la vuelta por debajo de la corva. Bueno. Ahora sin miedo hasta los pies... ¡Alto! arrolla toda la venda suelta.

—Saque usted el pie más afuera...

—Allí va... ¡Cosa más rara que esta dolencia!... Me permite andar, aunque con trabajos, y el peso de una hormiga la irrita y ensoberbece... ¿Acabaste con la venda? Ahora la franela... ¡Eche usted tira! El diablo me lleve si no hay para alfombrar con ella la escalera... ¿Qué tal encuentras la rodilla?

—Algo más deshinchada me parece...

—Eso me dices todos los días... ¡Cuidado ahora con el pie!...