—Levántele usted un poco... Un poco más... Ya está.
—¿Cómo le hallas?
—Lo mismo.
—Pues á mí se me figura que cada vez se van dislocando más los dedos... Parecen garfios, ¿no es verdad, Regla?... Vamos ahora á preparar la batería de los betunes... No los confundas, ¿eh? Éste es para los pies; éste para el pecho; éste para las rodillas; éste para mezclarle con este otro...
—Ya sé yo mejor que usted para qué es cada uno.
—¡Dios ponga tiento en tus manos!
Hechos los necesarios preparativos, comienza Regla á destapar frascos, á mezclar las pestilencias de uno con las hediondeces de otro sobre la palma de su mano izquierda, y á frotar con las dos, con toda la suavidad posible, las partes doloridas de Gedeón, que á cada instante grita y reniega y maldice, ya porque Regla aprieta más de lo conveniente, ó porque teme que así lo haga. Después envuelve la pierna en franelas, y las franelas en lienzo, sin que dejen de oirse los propios conjuros y las mismas interjecciones del paciente.
—¿Acabaste con ésta?
—En cuanto anude las cintas... Ya están.
—Pues vamos ahora con la otra... Pero recoge antes toda esa trapajería, ó ponla donde yo no la vea... ¡Qué peste más endemoniada!... Parece castigo de Dios, ¿no es verdad?