—¿Por qué, señor?

—¡Mucho cuidado ahí!... ¡Mira que tengo que ver en esta guisa! Cuando yo era joven, me burlaba de los maridos que pudieran verse precisados á hacer con sus mujeres algo de lo que tú haces ahora conmigo... ¡No aprietes tanto!... ¡Como si yo fuera de otra materia más fuerte y asegurada de achaques! ¡Como si solamente las mujeres casadas tuvieran humores y necesitaran untos y cataplasmas!... Cada vez me convenzo más de que entre un joven abandonado á sus propias inclinaciones y una bestia, no hay dos pulgadas de distancia... Dele usted cuerda á sus pasiones; satisfágale usted sus apetitos; téngale usted gordo y retozón, y ya cree poseerlo todo y asegurada su vida de penas y dolores... Está mejor esta pierna que la otra. ¿No te parece á tí?

—Allá se van.

—¡Vaya un consuelo de tripas!...

—Pues si es la verdad...

—¡Ó no lo es!... Y aunque lo sea, no debe decirse de ese modo...

—¿De qué modo lo he dicho yo?

—Como lo has dicho. ¡Ea! no me rompas la cabeza.

—Jesús me dé paciencia, ¡qué genio!

—¡Quisiera yo ver en mi situación al hombre de más cachaza!