—Pero yo no le tengo á usted la culpa de sus trabajos...
—¡No aprietes tanto ahí, recondenadísima!
—¡Si llevo la mano al aire, señor!
—Al aire te echaría yo de un puntapié, si pudiera dártele.
—Muchas gracias... Pero crea usted que, sin puntapié y todo, habría pocas personas capaces de hacer con paciencia todos los días esto que yo estoy haciendo...
—¡Espera un poco, no untes más!... ¡retira la mano! ¡Ay, qué dolor más terrible!... ¡parece que me exprimen los huesos en una prensa!... ¡Ufff... qué barbaridad!... Debo de tener la cara como luz de pajuela.
—Algo pálida está... ¿quiere usted un poco de agua?...
—No... Ya se va pasando... Estos dolores son así, cortos, pero buenos... Sigue ahora la operación, y dispensa los disparates que haya dicho contra tí. ¿He dicho alguno?
—No ha dejado usted de decirlos...
—No me extraña; porque cuando me ataca el dolor, me pongo fuera de mí, y no sé lo que digo.