—Pero ¿no ve usted que está hecha un asco, y que apesta toda la habitación?
—Esa no es cuenta tuya... No me manches la bata con ese menjurge... Ese pobre perro ha sido el compañero fiel de mis tristezas, y tiene derecho á mis cuidados... y á los tuyos también, Regla, ya que me haces hablar.
—¡Para él estaba!
—¡No seas ingrata, Regla!
—Más me debe él á mí, que le traje á casa.
—También es cierto; y volvamos la hoja... Colócame la franela de modo que no me queden arrugas... Eso es... Abróchame la almilla...
—Ya está usted despachado por hoy... digo, hasta la noche.
—Tráeme ahora una camisa limpia.
—¿Va usted á salir?
—¿Qué tal está el día?