—Regular.
—¿Hace viento?
—No, señor.
—¿Hay humedad?
—Tampoco.
—Entonces saldré un rato, aunque sea para sentarme en la tienda de la esquina, mientras tú ventilas la habitación, que buena falta le hace.
Dicho esto, recoge Regla frascos y trapajos sucios, y sale del gabinete, en el cual queda Gedeón haciendo pinitos y probaduras de paseo, ora arrugando la cara y apretando los dientes, ora soltando un reniego, ora admirándose del volumen que presentan sus piernas con tantos envoltorios y ataduras.
Después se viste con ímprobos trabajos unos pantalones descomunales y se lava las manos y la cara, no sin bautizar el agua con tres ó cuatro esencias de botica.
Por último, vuelve Regla trayéndole una camisola limpia, y le calza los entrapajados pies con holgados zapatones de flexible paño.
Puesta ya la camisa limpia, hácele Regla el lazo en la corbata; ayúdale á vestirse un chaleco de punto inglés; sobre éste, otro de paño; sobre éste una levita, y sobre la levita, un gabán; pone en sus manos el bastón y el sombrero; cerciórase de que no le faltan pañuelo en el bolsillo ni cigarros en la petaca; y sale, dejando abiertas todas las puertas, por las cuales va pasando, hasta la de la escalera, junto á la que aguarda á su amo cruzada de brazos.