Vive de lo que vende, que es tanto como decir que vive de milagro; pues allí nunca se vende nada, y siempre se ven, en tablas y escaparates, los mismos objetos, descoloridos y ajados por el tiempo; siendo muy de notar, como fenómeno curioso, que rara vez un comprador pide cosa que en la tienda exista, pero que debiera existir, á juzgar por la índole de las mercancías que están á la vista, y con las cuales cree el tendero, sin duda alguna, que hay hasta de sobra para satisfacer todos los antojos del público.
Así se dan muy á menudo casos como el siguiente:
—¿Tiene usted tachuelas?—pregunta un marchante acercándose al empolvado mostrador.
—¿Tachuelas?—repite el tendero poniéndose á meditar.—Precisamente tachuelas, no; pero tengo otra cosa que puede convenirle á usted más.
—¿Clavillos, quizá?
—No, señor: clavos romanos.
¿Y qué es eso?
—Hombre, clavos romanos... son éstos. Vea usted, para sujetar las cortinas y formar pabellones. Un palmo tienen de cabeza, ¡qué hermosos!
—¡Pero si yo quiero tachuelas!
—Pues de eso no tengo ahora.