—¿Y qué aconseja, por fin, esa señora?

—Nada, Doctor: quimeras, delirios que me deslumbran y me aturden y me martirizan.

—¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así piensa y la que así aconseja?

—¿Y qué otra cosa puede ser?

—La vanidad, la soberbia...

—¿Es posible?

—Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor propio.

—Concedido.

—Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho.

—Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en tan horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me amenaza.