—¡Defenderle! ¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena justicia, no es defendible su causa de usted?...
—¡Que no!
—Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo dudar.
—¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen?
—Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada más, aunque alguna vez me haya metido á filósofo de afición. En cuanto al segundo... busque usted y hallará.
—¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y agonizando!
—Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre.
—Todas están cerradas para mí.
—Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á esa.
—¿Qué puerta es?