—La de Dios.
—¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte?
—No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos crueles.
—Entonces ¿por qué ese consejo?
—Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que si le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que puede hacérsele á un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la historia que acaba usted de confiarme.
—Y ¿dónde está esa puerta, Doctor?
—¿Es usted tan desventurado que no la ve?
—He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento!
—¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino?
—Creo que no.