—¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de Herodes.

—¡Herodes!...

—¿Qué le admira?

—En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si usted me ayudara á dar los primeros pasos...

—Desde hoy mismo, si usted quiere.

—Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí.

—Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también mañana estaré á sus órdenes.

—Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted!

Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace.