—Pues sí, señor, todo eso hay.
—Y no es poco.
—Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en Cascaruca!
—No es mala.
—¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada!
—¿Tan mal lo está?
—Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda, tu amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida.
—Verdad es.
—Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo, nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella, ¡cuánto no tendrá ese hombre!»
—Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia?