—Pues ¡qué sé yo! porque caía la pesa, como dicen, y porque también el interés de familia mueve mucho, ¿está usted? Y cuando no hay ofensa para nadie... Por eso, cuando me respondía Radegundis que ya daría para un buen rato el contar lo que usted tiene, no podía yo menos de decir: «¡Válgame Dios! ahí está nuestro pariente lleno de caudales y sin un hijo que se los herede, ni una obligación que tenga derecho para arrancárselos, ni un triste allegado á su vera, para que mañana ú otro día le cierre los ojos, ó le asista en sus desconsuelos. ¿Adónde irá á parar ese dinero el día en que don Gedeón fallezca, porque mortales somos todos?» Y entonces me decía Radegundis: «¿Quién sabe lo que pensará nuestro pariente?... Si tiene un millón, como dicen, entre rústicas y urbanas (yo creo que ha de ser bastante más), ya habrá él echado sus cuentas, y tomado sus disposiciones para que cada uno lleve su merecido... ó para tirarlo por el balcón... Nosotros, quietecitos en nuestra casa y atenidos á nuestra medianía, que á la fortuna no hay que salir á buscarla: ella sola se mete por la puerta, si de Dios está que han de alcanzarle á uno sus favores.» Me parece que esto es hablar en ley y sin ofensa de nadie, ¿no es verdad, don Gedeón?

—Mucho que sí; y es una lástima que mi señora doña Radegundis, que tan cuerda es en hablar, no lo sea tanto en sus obras.

—¡Ay, don Gedeón! por la espina de Santa Lucía—exclama aquí la señora de don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,—¿á qué obra mía le falta la cordura? ¿En qué he faltado á las conveniencias de mi educación y de nuestro parentesco?

—Justo—añade su marido,—¿en qué ha podido esta infeliz faltar á todo eso?

—En dejarle á usted venir... á lo que ha venido á esta casa, y en acompañarle á ella.

—¡En eso, mi buen pariente!—exclama don Ruperto.—¡Es posible que una persona cometa una falta en ofrecer sus respetos á otra persona?... Porque á eso, y sólo á eso, hemos venido: créanos usted. ¿No es cierto, Radegundis?

—Señor don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de Cascaruca; señora doña Radegundis Gazapín... de no sé cuántos: cumplí ya los sesenta y cinco, y apenas me quedan en la boca otros dientes que los colmillos; ¡figúrense ustedes si los tendré retorcidos!

—No comprendo...

—No caigo...

—Ni hay para qué comprendan ni caigan; en cambio, yo les comprendí á ustedes á poco de haberlos oído, y esto baste. Conque estimando la visita en cuanto vale, denla por terminada; procuren ser en otra que les ocurra, no en mi casa, menos explícitos y más afortunados, y déjenme ir á tomar el sol, que para tiempo perdido basta el que les he consagrado.