—¡Pero don Gedeón!...
—¡Pero pariente!...
—¡Ni una palabra más!
—Para explicarle á usted...
—Para que no crea...
—¡Zambomba, que se me acaba la paciencia! ¿Les parece poca la que he tenido?
—Pues saludo á usted, caballero, que, después de todo, de hombre á hombre no va un palmo... Vamos, Radegundis, que, por lo visto, estorbamos aquí.
—Bien te dije yo, Ruperto, que te miraras mucho antes de venir... Beso á usted su mano...
Y el apreciable matrimonio, hecha esta despedida, vuélvese por donde vino, entre mustio é indignado. El lance no es para menos, tómense sus propósitos por donde al lector pluguiere.
En tanto, Gedeón, no poco amostazado, recibe de mano de Regla una carta que acaba de llegar por el correo, caso también de los más raros en aquel hogar.