Luego rasga la carta en cien pedazos; requiere su bastón y sus gabanes, y rompe á andar hacia la escalera paso á paso, con la cerviz caída y marcando el lento compás de su andadura con quejidos y carraspeos.
IX
IN ARTÍCULO MORTIS
Estamos otra vez en el gabinete de nuestro personaje. Los entornados postigos del balcón apenas dejan entrar la necesaria luz para que ojos acostumbrados á ella puedan distinguir lo que es sombra y lo que es cuerpo.
Así puede verse el de Gedeón sobre la cama, no tendido, sino recostado en un rimero de almohadas, alta la cabeza, abierta la boca, desencajados los ojos, y aspirando, jadeante y anheloso, el aire infecto de aquella triste habitación.
Un poco de humedad en los pies, un rayo de sol demasiado fuerte en la cabeza, si no se prefiere creer que así estaba decretado por quien es dueño y señor de vidas y almas, bastó para derribar de nuevo aquella balumba de humores y desengaños, y hacerla rodar hasta el borde del sepulcro.