En esta recaída no se detuvo la invasión del mal en los límites del estómago, como en el ataque anterior: á la primera embestida rebasó de la línea, y sitió al corazón por todas partes.
Harto claro lo vió el médico en las ansias del paciente, y sin andarse en remilgos ni en contemplaciones, díjole:
—Amigo mío, esto es muy grave; y es preciso que sean heróicos los esfuerzos que hagamos para combatir, siquiera con gloria, contra enemigos de tanto empuje.
—Pues ¿cuántos son los enemigos?—preguntó Gedeón ahogándose.
—Los temibles, dos: la gota que ataca á la vida, y el desconsuelo que la embravece atacando al espíritu. Yo me encargo de lidiar contra la una hasta donde mis fuerzas alcancen; pero es preciso que alguien se encargue de lidiar con el otro al mismo tiempo: dividir es vencer, decía el guerrero. ¡Quién sabe si venceremos nosotros con esa táctica?
—Haga usted cuanto guste—respondió Gedeón,—y tenga entendido, para su gobierno, que en este instante sólo aspiro á morir con la menor suma posible de tormentos.
Dos horas después entraba en el gabinete, acompañado del Doctor, el mismo sacerdote que había asistido á Herodes en su enfermedad.
No era Gedeón un hombre combatido por las dudas ni fatigado por el examen: era simplemente un haragán de la fe; no había perdido sus creencias: se había olvidado de ellas por desuso. Mientras anduvo por el mundo, esclavo de todas las concupiscencias de la carne, maldito si se le ocurrió una vez siquiera pensar en que poseía un alma, cuanto más en el destino que ésta tendría cuando dejara la cárcel de su cuerpo.
No le costó, pues, mucho trabajo al piadoso varón reunir las chispas esparcidas, y producir con ellas, si no un incendio, por lo menos una luz á cuyos resplandores no tardó Gedeón en ver todos los senos y repliegues de su conciencia como en la palma de la mano.
En uno de ellos encontró á Solita agazapada y llorosa. No le pareció la hija del zapatero tan fea ni tan antipática como antes, ni halló fuera de toda justicia la demanda que en otros tiempos le expuso; mas en cuanto á los vínculos nuevos con que pretendía amarrarle, sólo los aceptaba, como razón de derecho, secundum quid.