—Pero bien mirado—exclamó á poco rato, y después de oir las piadosas y discretas reflexiones de su confesor,—¿qué más me da ya? ¿De qué me sirve ese derecho, ni otros como él, ni cuantos bienes poseo, si todo ello junto no me arrancará de las garras de la muerte, ni siquiera me aliviará uno solo de los tormentos que ahora me empujan hacia ella?... Dice usted muy bien, santo hombre: en lo falible de la justicia humana, preferible es la duda de beneficiar á un extraño al recelo de perjudicar al propio. Esos vínculos, aunque no tan santos como yo quisiera, son, al cabo, el único derecho que dejaré en el mundo para vivir en la memoria de los hombres. Quédese con ellos cuanto en el mundo me ha pertenecido, y esa pesadumbre menos impedirá á mi alma elevarse á la región de la Verdad y de la Misericordia.

En esta situación de ánimo se halla Gedeón cuando aparece á la vista del lector al principio de este cuadro.

Regla entra y sale y se aproxima á la cabecera del lecho, ora con un medicamento, ora para arreglar las almohadas ó la ropa.

El enfermo ya no riñe ni vocea: su único deseo parece limitado á salir cuanto antes de aquellas ansias que le ahogan. Esto le pide á Dios á cada instante, resignado y contrito, desde que el sacerdote le volvió á la santa Ley y le absolvió en su nombre.

Aún le falta llenar en el mundo otro deber, y está dispuesto á llenarle sin tardanza; y á eso espera impaciente.

Regla lo sabe, y no deja asomar á su semblante ni el más tenue reflejo del estado de su espíritu. Acaso la impone la tremenda solemnidad de aquella agonía terrible; acaso la luz que penetró en la conciencia de su amo la ha hecho pensar en las obscuridades de la suya; quizá la fuerza misma de la astucia la sostiene impávida en aquel trance de prueba. Lo cierto es que asiste al enfermo con más diligencia que nunca, y que al verla quien la vió días atrás á la cabecera de la misma cama y enfrente de Solita, jurara que el moribundo ha saldado todas sus cuentas con ella, derramando sobre la falda de su vestido el bolsón de sus caudales.

Para que ningún detalle de carácter se nos olvide al inventariar por última vez la estancia en que tantas veces nos hemos hallado con la fantasía el lector y yo, sépase que Adonis sigue en su rincón acostumbrado, gastando los menguados restos que le quedan de vida en buscar una postura que no halla, para que la fatiga no le ahogue. Parece que se ha propuesto estirar el hilo de su existencia hasta donde alcance el de la de su amo. Ni un punto más, ni un punto menos.

—¿Acaba de llegar esa gente?—pregunta Gedeón á Regla con voz apagada y fatigosa.

—No puede tardar mucho ya,—responde Regla.

—Es que si no se dan prisa, témome que sea excusado su viaje. Y el otro recado ¿han vuelto á hacerle?