—Como usted mandó; pero tampoco estaba en casa... esa señora.
Un momento después de oir Gedeón estas palabras, entra en el gabinete Solita, jadeante y acompañada de dos gaznápiros, como de doce años el uno y de diez el otro, feos, toscos de ademanes, burdos sus vestidos, crespos de pelo, angostos de frente, y como curtidas sus caras por la intemperie; de todo se asombran, y casi á empellones de Solita entran en el cuarto.
Ésta, que ignora que se la anda buscando para lo mismo que ella viene á pretender, arroja contra la cama aquel par de memoriales agrestes, diciendo con desgarro al propio tiempo:
—Ahí los tienes. ¡Niega ahora tu sangre!
Y acercándose en seguida á los motilones, encáralos con el enfermo, y les dice en tono melodramático:
—¡Hijos míos: ese es vuestro padre!
Á lo cual los rapaces, después de mirar al aludido por Solita, míranse uno á otro, como preguntándose mutuamente «¿qué te parece de esto que nos cuentan?» y acaban por echarse á reir, tapándose la boca y las narices con las manos, por todo disimulo.
Mientras Solita y sus hijos representan esta escena grotesca, el sacerdote, el Doctor, un escribano y dos personas más, ayudantes de éste, han llegado al gabinete y detenídose á la entrada por respeto á lo que ocurría junto al lecho. Para los dos primeros, que estaban impuestos en ciertos pormenores, las últimas palabras de Solita no tienen desperdicio.
En cuanto á Regla, desapareció de la escena tan pronto como en ella apareció la otra.
—Señor cura, Doctor...—exclama el enfermo al distinguirlos en la estancia.—Ustedes han visto y oído todo esto... ¿no es verdad?... Pues bien—continúa después de obtener sus respuestas afirmativas,—así y todo, no vacilo siquiera en mis propósitos... Señor cura, no hay tiempo que perder, y yo estoy pronto á cumplir lo prometido. ¡Que Dios me lo tome en descargo de mis culpas!