Prepárase el sacerdote; hácese salir de la estancia á los cerriles muchachos; requiérese en debida forma á Solita; asómbrase ésta al conocer los nuevos propósitos del moribundo; acúsase de la ligereza con que ha procedido con él escudándose con la pasada resistencia, y disimulando mal el gozo que le causa la noticia, colócase, por mandato del sacerdote, á la cabecera de la cama... Y allí Gedeón in artículo mortis, y con la bendición de Dios, la recibe por esposa y reconoce á todo trance, por hijos suyos, á los nietos del zapatero Judas, con encargo expreso de que su madre los eduque un poco mejor de lo que están.
—Ahora usted, señor notario—dice á éste, terminada la otra ceremonia,—y pronto, porque esta luz se apaga.
En efecto: sus ansias crecen por instantes, y el Doctor halla en el pulso del enfermo síntomas de mal agüero.
Quédanse solos el notario y Gedeón; y testa éste en muy pocas cláusulas, legando á Regla, por una de ellas, y como en pago de antiguos y buenos servicios, mucho más de lo que la ambiciosa sirviente pudo prometerse nunca; á menos que alguna vez no le pasara por las mientes alzarse con el santo y la limosna, punto que, á mi entender, jamás se pondrá en claro.
Por otra, separa del cuerpo de bienes una suma de importancia para premiar el mejor libro que se escriba en el plazo de dos años, á contar desde aquel día, sobre las Miserias de la vida del solterón, siendo los jueces del certamen que se abra al efecto, el Doctor y el señor cura allí presentes, y en caso de empate, el célibe más viejo que haya en la población.
También es su voluntad que se doble la recompensa si la obra llega á ser declarada de texto en las escuelas de la nación.
El resto de sus bienes, deducidas algunas mandas piadosas, queda en beneficio de su viuda.
Mientras se lee el testamento y le firman los testigos, Solita frunce en vano la afilada jeta, y en vano tira de sus párpados para arrancar de la fuente de sus ojos una lágrima siquiera: pesan más en su fantasía los risueños cuadros de lo porvenir, que se forja, y en su memoria el recuerdo de tantos años de esclavitud y de aislamiento, que en su corazón la pena que le causa la agonía de su antiguo amante.
Regla, entre tanto, impasible y con el ceño ligeramente fruncido, parece la estatua de Némesis inexorable. Sólo le falta la espada en su diestra, y para bien de Solita, vale más que le falte.
Los dos gaznápiros, metiéndose los dedos en las narices, atisban la escena desde la puerta del gabinete.