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CABOS SUELTOS

Este libro debiera concluir en la última palabra del capítulo anterior; pero hay lectores nimios que quieren apurar la materia hasta las heces.

Por complacerlos añado estos renglones.

Para que todos los cálculos que Gedeón hizo en vida fuesen errados, su muerte arrancó lágrimas á cuantas personas la presenciaron... excepto á Regla, á Solita y á sus hijos; es decir, á todos menos á los que tenían obligación de llorar en aquel trance.

No deben despreciar este dato los ingenios que aspiren á merecer el premio legado por Gedeón.

Al exhalar éste el último aliento, oyóse un quejido angustioso hacia el rincón en que yacía el ratonero. La honrada bestezuela acababa de morir también; y á juzgar por la actitud airada en que quedó su cadáver, creeríase que la visión de Merto, esgrimiendo la verdasca, le atormentó en los últimos instantes de su vida.

Tan pronto como el sacerdote cubrió con la sábana la faz del que entre los vivos se llamó Gedeón, Regla, que había estado contemplando su agonía con rostro impasible y los brazos cruzados, salió del gabinete y se puso á hacer su equipaje.

Concluída su tarea, entregó al Doctor, como testamentario, las llaves de que por tantos años había sido depositaría; y sin querer dar explicaciones acerca de su conducta, despidióse de aquél y del sacerdote, sacó el baúl á la escalera, y llamó á la señora Rita para que se le condujera á donde ella le diría.