—¡Qué le parece á usted, señora Regla!—díjole la incorregible portera.—No le faltaba del todo la razón al desalmado tío Judas, cuando nos decía que había quién que mandaba en esta casa más que nosotros y que el amo. ¡Vivir para ver, señora Regla!... Y todo bien mirado, buen provecho les haga; que á tanto precio, sale muy caro el señorío... La mujer honrada, la pierna quebrada; y zapatero, á tus zapatos...
Y así charlando la señora Rita, y callada como un muerto Regla, llegaron al portal en que, por respeto al triste acontecimiento, se paseaba el tío Simón con la ropa de los domingos.
—Quédese usted con Dios, tío Simón,—díjóle Regla al pasar por delante de él.
—Vaya usted muy enhorabuena, señora Regla—respondió el zapatero, sin preguntarla siquiera si se marchaba para no volver.
—¿Usted tan satisfecho siempre?
—Siempre cumpliendo con mi deber, señora Regla.
—Bueno es eso; pero sírvale de gobierno que en ocasiones no alcanza, y hasta perjudica.
—Vivir para ver, como dice Rita.
—Pues por lo que he vivido y llevo visto lo digo yo, tío Simón.
Al poner Regla los pies en la calle, un cuerpo pesado y negruzco cayó, como llovido, delante de ella, envuelto en un retal de manta sucia. Era el cadáver de Adonis, arrojado por Solita.