—Pshe...
—Vamos, sé franco.
—Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación que hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no encuentro!
—Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en brujas. Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, de esos que tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te ahogas.
—Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes, estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto á perpetuidad, como las sepulturas de los ricos.
—No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el extremo de hacer comparable, ni aun en esa pequeñez, nuestra noble independencia con la ignominiosa servidumbre de los casados. ¡Por Dios que es cosa chusca ver á un hombre que va á matar leones, detenerse porque halla en medio del camino una sabandija! ¿Para qué demonios quieres esa fachada que tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón, es echarte el alma á la espalda.
—Me parece que más echada...
—Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has hecho?
—Efectivamente.
—De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas pechugas...