—No te diré que no.
—¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el gremio cuando el diablo te tentó?
—No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba.
—Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos resabios de sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón! siento decírtelo; pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún tiempo.
—¿Para qué?
—Para librarte del mayor enemigo que te persigue.
—¿Y cuál es?
—La manía del hogar doméstico.
—¡Bah!
—Créeme; es más fuerte que tú.