—¿Y qué debo hacer, en tu opinión?

—Si admites mi tutela por un instante...

—Si con ella me das paz y sosiego...

—Te lo prometo.

—Ya te escucho.

—Huye del enemigo.

—¿De mi casa, en la cual nací?...

—De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres propietario.

—Razón de más para que la mire con tanto cariño.

—Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á renta, como los demás pisos; sácale el jugo.