—¿Y mis recuerdos?

—También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará de la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate, Gedeón: ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida doméstica, ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.

—¿Qué crees que debo hacer?

—Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no te quejes de ellas... ¿Dudas?

—De dudar es el caso.

—Medítalo bien.

—Pienso hacerlo.

—Pues adiós te queda, ya que estás advertido.

Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo desconsolado.