Tres días con tres noches duran las marimorenas que arman el capitán y su asistente.

¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán! por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura... Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y comiendo y almorzando.

Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á rancho y le suena á cuartel.

Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y se disculpa con Gedeón.

—Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará... Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios sentimientos...

Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley, por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla.

Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa del gabinete.

En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean en calzoncillos por toda la casa desde que salen de la cama hasta que se van al ensayo, y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres que se asoman á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de aceituna á los hombres que pasan por la calle.

De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces se hunde la tierra.

Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor en esto de establecerse á su gusto, suspira por el capitán, que le parece un ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del estrépito.