Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más tolerable.

Dos horas le dura la arrancada, como dicen los marinos, ó la velocidad inicial, según la culta jerga científica; dos horas que invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado, vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala.

Pocos pasos antes de llegar al portal, observa que sale de él Solita, con un lío de ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.

En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con Gedeón.

—¡Ay, señorito!—le dice entre sollozos,—¡qué mala estrella es usted para mí!

—Pues ¿qué sucede, hija mía?—pregúntala Gedeón hecho unas mieles.

—Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la otra.

—¡Por mí, alma de Dios!

—Sí, señor, por usted.

—¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver.