—Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce á Balzac?

—Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los libros de ese autor cosa que se parezca al matrimonio.

—¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no tratan de otro asunto sus dos obras más famosas!... Á millares danzan allí los maridos y las mujeres... y lo demás.

—Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que, después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida au Rocher de Cancal, ó con una cena en el Café Inglés; hay allí mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé, que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de serlo porque sus maridos tienen un diente postizo, pero que, al cabo, se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. Á todas estas cosas y otras infinitas no tan transcendentales, pero sí inherentes al matrimonio, se les llama miserias de la vida conyugal, y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido, y dando á todas las frases un aire de «¡pobres predestinados!;» se dice, bajo el rótulo de axioma, y como un aviso en bien de la paz de un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse antes y de despertarse después que su mujer;» porque ¡figúrense ustedes lo que sucedería oyéndole ésta roncar, ó contemplándole en posición poco elegante!; se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe reunir la cámara nupcial, y se califica de imbécil al marido que se atreve á colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío, de punta á cabo, no es más que una pura decepción de los sentidos, y una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren algo más las ilusiones; lo propio que si se tratara de un acaudalado sensual y de una cortesana corrompida, que se ajustasen para vivir matrimonialmente una temporada.

¿Le parece á usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece á usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino, sandez, excitar al lector á que crea que la esposa que se arroja de su lecho para salvar de las llamas á su hijo, sin reparar en que su marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosáica, cuyo ejemplo debe presentarse para escarmiento de los hombres de buen gusto aspirantes á casarse?

—Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo á que usted las lleva...

—No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este sediciente fisiólogo? ¿Demostrarnos que la ilusión del novio desaparece en breve dentro del matrimonio? Pues para semejante vulgaridad no había para qué emborronar tantos papeles. El marido más ramplón de los míos sabe que todo lo que en la vida conyugal se refiere á los sentidos, apenas resiste la segunda prueba. ¿Quiere decirnos también que el matrimonio más enamorado al formarse, tiene que deshacerse pronto por la fuerza incontrastable de las miserias de sus propios desencantos? Pues á esto puede preguntar el mismo pobre marido á ese grande hombre: «¿Qué haces tú de los cónyuges de tus libros cuando pierden las ilusiones ó se las quitan los años con la prosa de las arrugas y del histérico? ¿Se devoran unos á otros? ¿Los recoge la caridad pública? ¿Ó hay algún infierno especial adonde van estos seres, aun en vida, á purgar el delito de haberse casado, ó la afrenta de haber envejecido? ¿Y son esos los matrimonios que han de producir hombres útiles á la patria, y mujeres que lleguen á ser madres honradas, como la mía? Pues yo, que peino canas y tengo á mi lado una esposa con arrugas, no trocara por aquellas ilusiones que duraron un día, como todo lo carnal y voluptuoso, el inefable placer que siente mi alma desde el instante en que se fundió en la de mi compañera, como la de ésta se fundió en la mía; el sublime consuelo de venir atravesando juntos el desierto de la vida, prestándole yo mis fuerzas y ella auxiliándome con las suyas; y, por último, la dicha de verme revivir en mis hijos, de verlos crecer y de dirigir sus corazones para que sus virtudes puedan llegar á ser un día corona de mis canas, y acaso, más allá, la gloria de mi nombre ó de su patria, con el cual fin les pongo, como perenne juez de sus actos, á Dios de quien proceden y á quien irán, si á su ley no faltan mientras acá abajo lidian, que á eso venimos á este campo de batalla, contra las propias pasiones y el rudo acometer de las ajenas. Así pensando y así sintiendo, ni yo veo sus arrugas, ni ella en mis canas repara; y cuanto más el cuerpo se encorva hacia la tierra que le llama, más risueño y más ufano se eleva mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y su destino.»

Esto le diría á Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal planteado problema, el último de los maridos que no han aprendido á serlo en los gabinetes reservados de los restaurants de París, ni en el foyer de sus teatros, ni en las aceras de sus boulevards, ni en las exposiciones de sus loretas y cocodés. ¿Se dice algo parecido á ello en los matrimonios á que aluden esos libros?

—Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo que sucede en sus matrimonios, no quiere decir que se burle de los de usted.

—Precisamente es á propósito de eso cuando la desfachatez del grande hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose, como de costumbre, á la trípode (y por esa modestia me gustan á mí todos los escritores de su tierra), lanza á los cuatro vientos este axioma... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que se haga para que un dicho huela á sentencia de sabio: «Para ser feliz en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior talento él, y tierna y sublime ella, ó los dos rematadamente bestias.»