—¡Pues cátalo ahí!
—¿Cuál?
—Un caso... dos casos.
—¿De qué?
—De matrimonios posibles.
—Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común.
—¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido común acepta?
—Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben entre sus dos extremos: todos aquéllos á quienes el vulgo llama, en su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios como Dios manda;» es decir, las mujeres que cosen, los hombres que trabajan, las madres que viven para sus hijos, los padres que cumplen con sus deberes. Para todo esto y mucho más que es la moneda corriente en todas las familias honradas y en toda sociedad bien regida, son un estorbo serio la sublimidad del ingenio y la sensiblería pedantesca ó la falta de sentido común en los esposos... Conque ¡vaya usted admirando la competencia ó la buena fe de su grande hombre para entender en achaques matrimoniales!
Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de sus matrimonios, respeta los míos. En tal caso, ¿por qué acepta usted todo lo que él dice, como razones contra todos los matrimonios?
—Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir.