—¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la vida!... Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio, se entretenga en escribir esas lindezas contra el matrimonio; pero que haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten por regla de conducta, sacrificando á ellas hasta los impulsos de su corazón, le juro á usted que no me lo explico.
—Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente.
—¿Conoce usted los otros matrimonios?
—Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos.
—De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios á la francesa, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra, los matrimonios á la buena de Dios, que le son desconocidos; y cuando su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia usted á casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos, sin tomarse la molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos. Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar contra sus propios intereses.
—Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del corazón hacia el matrimonio?
—De sus tristezas pasadas y de sus soledades de hoy; de todo cuanto usted me ha referido, y de lo demás que voy traduciendo yo.
—De modo que insiste usted en prescribirme por remedio...
—Justamente: que se deje usted llevar de esos impulsos hasta donde ellos le conduzcan... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones por hoy. ¿No es cierto?
—Le aseguro á usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima complacencia.