XIII

OTRO CAMBIO DE POSTURA

Gedeón está ya en su propia casa.

Nada más que dos días necesitó para convalecer. ¡Tal era el afán que sentía de salir de aquel mezquino pudridero, y, por sí solo, mortal enfermedad!

Durante dos días le visitó el Doctor muchas veces, y otras tantas le embelesó con sus vehementes y sinceras condenaciones del estado celibatario.

Le embelesó digo, y no lo borro. Gedeón oía al médico echar pestes contra los egoístas y contra los célibes, y hasta aplaudía sus chistes y sus razones, como el usurero ó la adúltera, asistiendo á la representación de un drama en que se condena la usura ó el adulterio, aplauden con frenesí un período retumbante en que se pulveriza á los del oficio, y hasta lloran enternecidos con la víctima esquilmada, ó con el marido ultrajado.

—Eso no va conmigo,—dicen, á lo sumo, mientras se limpian las lágrimas, si por casualidad ellos son cetrino el uno y rubia la otra, y los de telón adentro morena la pecadora y bermejo el de la usura; ó, cuando más:

—Razón tiene ese poeta; pero mientras no acabe de redondear este negocillo que traigo entre manos; ínterin Adolfo no me dé un motivo serio para ello, yo no puedo abandonar mi honrado tráfico, yo no debo pensar en volver á la senda de mis deberes conyugales.

El corazón humano es así algunas veces.