Gedeón oía á su consejero, y acaso decía para sus adentros:
—¡Qué razón tienes!—Y sólo contestaba, cuando contestación se le pedía:
—Ya es tarde, Doctor.
Y si por este flaco se le atacaba, deslizábase de la cuestión con un «allá veremos,» frío y desanimado, como el invierno de los pobres. Y es que Gedeón era presa de sus vicios y resabios; y sus resabios y sus vicios contaban con el auxilio de aquel corpazo, fuerte todavía y regalón, para defenderse contra los asaltos del alma desesperada.
No fué necesario, ciertamente, que el Doctor insistiera en la necesidad que tenía el convaleciente de volver á su hogar abandonado, porque jamás se le dió consejo que mejor se acomodase al rumbo de sus pensamientos.
En cuanto le pone en práctica, parece niño con zapatos nuevos. Todo lo mira, todo lo soba y con todo se sonríe.
—Yo puedo salir de este gabinete—dice para sí,—y pasearme en esta sala... y sentarme en este sillón... y, si me acomoda, tirar este otro á la calle... y poner los candelabros donde está el reló, y el reló donde está la escupidera... y abrir esta alcoba... y tumbarme en esta cama... y correr por este pasadizo... y entrar en el comedor... y ver qué se guisa en la cocina... y pedir lo que me acomode... y comer á la hora que me plazca... y beber agua, cuando lo pida; y, si oigo ruido, mandar que cese, y despedir á quien me desobedezca... Porque todo esto es mío, y yo soy aquí el amo y hago lo que se me antoja. ¿Hay algún fondista inhumano, ó alguna pupilera casquilucia que lo niegue?
Y según lo va pensando, va haciendo todo cuanto de ello es factible sin que pueda tomársele por loco.
Á la memoria se le vienen casos y cosas ocurridos bajo aquellas mismas paredes, que no son el más elocuente testimonio de la absoluta soberanía de que se ufana; pero ¿qué valen esos casos ni esas cosas, puestos enfrente de las angustias que él ha pasado viviendo fuera de allí?
Después de las soledades y las tristezas en que se ha visto, parécele cuanto le rodea un paraíso; y cada mueble y cada objeto de los suyos, tiene una fisonomía y un lenguaje; y con la una le sonríen y con el otro le saludan cada vez que pasa por delante de ellos.