En éstas y otras puerilidades entretenido, deja correr muchos días, encomendando el avío de su ajuar y de su mesa á servidores temporeros, mientras provee el importante cargo definitivo en persona de su gusto. Y lo logra al cabo.
Como precaución muy cuerda contra rencillas y desavenencias mujeriles, ha resuelto acumular todas las atribuciones de su servidumbre en una sola persona. Que ésta, si las necesita, busque las demás á su antojo, ó que se arregle sin ayuda de nadie, si así lo prefiere. El sólo aspira á vivir en paz en su casa.
La mujer que escoge para tan delicado cargo, entre las varias que le pretenden, es, á primera vista, el tipo de lo insignificante. Tiene regular estatura, color regular, regulares carnes, regular fisonomía, regular edad; y viste, habla y se presenta, regularmente. Para que todo sea regular en ella, se llama Regla, sin más aditamentos ni afinaduras en su nombre.
No se agita, ni se desazona, ni hace ruido, ni se mancha; y, sin embargo, todo lo gobierna pronto y bien.
Aquella casa es el oro por lo limpia, y un reló por lo arreglada.
Gedeón no sabe todavía quién le prepara sus comidas, tan sazonadas como servidas á punto, ni piensa preguntarlo. Lo importante para él es que nada le falta ni nada le molesta, porque Regla tiene la gracia, entre otras, de saber ser atenta, y aun afectuosa, sin pecar de impertinente.
Una noche observa Gedeón que andan ratones por su gabinete; y almorzando, al otro día, se lo dice á Regla. Aquella misma tarde le proporciona ésta un perro ratonero, feo como casi todos los de su oficio, corto de patas, tan grande la cabeza como todo el cuerpo, y para cubrirle de cabo á rabo y con muchas sobras, una melena de color de esparto sucio.
—¡Qué horrible animal!—exclama Gedeón al verle.
Y, en son de escarnio, le pone Adonis por nombre. Pues vean ustedes lo que son debilidades humanas: á los pocos días de esta exclamación, tiene Adonis, para su descanso, un colchoncito muy mullido en el mismo gabinete de su amo, y éste se pasa las horas muertas atusándole las greñas y hasta matándole las pulgas; no almuerza ni come sin tener á su lado el ratonero, ni de casa sale ni á ella vuelve sin hacerle una caricia.
—¡Que pueda un hombre de mis años y de mi temple hallar un verdadero placer en manosear una bestia semejante y de tan bajo oficio, no lo creyera jamás á no palparlo!—piensa Gedeón algunas veces; y suele concluir diciendo en voz alta algo por el estilo: