—¡Chucho... hermosura de la casa! Esta mañana no fuiste á darme los buenos días á mi cama. Si vuelve á sucederte, te quedas sin postre al mediodía. ¿Lo entiendes? ¡Cuidado con que me seas ingrato! ¡Mira que la ingratitud es un vicio muy feo en todo perro que se estime en algo!

Á lo cual contesta Adonis atusándose los bigotes con la lengua, piafando sobre las rodillas de su amo, y enviándole dos centellas de sus ojuelos por debajo de los mechones de sus greñas.

Volviendo á Regla, digo que hasta su condición de viuda es una garantía de arraigo en casa de Gedeón. Por lo común, en la esfera social de esta sirvienta no se reincide en el pecado de casarse.

Y cuidado que Regla, de quien dije que, á primera vista, es una mujer insignificante, después de bien mirada y observada, todavía es muy digna de aspirar á los requiebros de un buen mozo.

Según Gedeón va notando de día en día, tiene hermosos ojos, dientes blanquísimos y menudos, manos rollizas, cuello redondo, y pelo tan negro como fino y abundante, á juzgar por lo que asoma por debajo de una graciosa toquilla con que cubre la mitad de su cabeza.

—¡Lástima—piensa Gedeón fijándose en ello,—que tan hermosa cabellera esté siempre tapada!

Y como si Regla le adivinara los pensamientos, al otro día se presenta á servir la mesa sin toquilla en el pelo, y éste graciosamente peinado.

Entonces observa Gedeón que han ganado mucho los demás atractivos visibles de Regla, y que el conjunto de su cabeza es en alto grado interesante.

—¡Lástima de anguarina—dice para sí,—que le envuelve el torso! Esa cabeza merece mejor pedestal.

Y hete aquí que, por otra casualidad bien rara, al día siguiente aparece la cabeza de Regla sobre un tronco vigorosamente delineado por valientes curvas, adornado con un leve y jacarandoso pañuelo de espumilla gris, prendido apenas sobre el robusto seno, y dejando ver hasta los arranques de un cuello blanco y mórbido.