Gedeón tiene la boca abierta para decir á su sirvienta «muchas gracias,» ni más ni menos que si él hubiera manifestado algún deseo y ella se lo hubiera cumplido; pero como una amarga experiencia le ha enseñado los peligros á que arrastran esas demasías del temperamento, suspira y calla, en la muy firme creencia de que Regla es mujer de bizarra arquitectura, y condoliéndose de que otra coincidencia como las que le han dado á conocer lo que ya conoce, no pueda demostrarle que no se equivoca en sus presunciones sobre lo que le es desconocido.
No es de omitir la noticia de que Gedeón sale muy poco de casa desde que la habita nuevamente, y que, so pretexto de que son suyos y pueden necesitar reparaciones, visita á menudo los demás pisos, y habla con sus inquilinos, y ya los conoce á todos, desde el portal á las buhardillas. Jamás hizo otro tanto.
Si son la causa primordial de éste y otros fenómenos los dictámenes psicológicos del doctor, ó lo es el bienestar relativo que disfruta en su casa, yo no lo sé; pero es indudable que en el carácter de nuestro personaje se ha operado una reacción (así se dice ahora) saludable y benéfica. No parece sino que ha puesto su planta en la senda por la cual se llega, andando mucho y con prudencia, á la prometida tierra donde se llenan los vacíos del corazón, como el que sigue notando él en el suyo.
Alguien creyera que lleno le tiene ya, ó que le va llenando poco á poco, al ver cómo se le pasan hasta días enteros sin salir á la calle, y noches que comparte entre conversar con Adonis, hojear á Balzac, no sé con qué objeto, y revolver los cachivaches de su gabinete. Pero ¡ay! creer tanto como esto, sería tomar el efecto por la causa, las hojas por el rábano.
¡No se curan tan fácilmente dolencias tan arraigadas y añejas como las de Gedeón!
Ya nos ha dicho una vez que no puede descansar teniendo pulgas en la cama; y yo le aseguro al lector que todavía no ha logrado sacudírselas; que aún le quedan algunas que, cuando le muerden, le levantan en vilo; y que á ellas alude al decir para sus adentros, precisamente cuando más risueño se le muestra el hogar:
—Estoy establecido casi á mi gusto, y me hallo en camino de llenar este vacío sempiterno... Yo podía ser ahora punto menos que feliz. Y ¿por qué no lo soy?... Por este condenado temperamento que ha de ser mi perdición. ¡No me saca de una, sin que me deje metido en otra hasta el cogote!... ¡Por vida de las fragilidades humanas!...
Por lo que se ve, Gedeón no ha conseguido con su última mudanza más que volcar la tortilla de sus contrariedades.
Antes buscaba en la calle el alivio de sus males domésticos.
Ahora se agazapa en su gabinete, para que no le cojan las pesadumbres que le acechan desde la calle.