XIV

LAS PULGAS DE GEDEÓN

Por ella adelante camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho y las manos metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, ó teme llegar demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante, y penetra en una callejuela, y sale por ésta á un callejón, y tuerce á la derecha, y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y desemboca en un crucero de calles medio á obscuras, y entra, por fin, en el portal de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos tramos de la escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín que saca de su bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente alumbrado por un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no muy adornada, pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, á la vez que él por la puerta del pasadizo, entra por la del gabinete en la sala otra persona con una luz en la mano.

—¡Hola!—dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una butaca.

—Buenas noches,—contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón por toda la longitud de un sofá...

¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta persona que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita?