Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo que ha ascendido en categoría, á juzgar por el corte presuntuoso de su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas, aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de ánimo.

Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón; minutos que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la otra y viceversa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo cual tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca y la vista enfilada al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego.

Solita, entre tanto, parece la imagen de la melancolía, con los brazos cruzados sobre la cintura y mirándose las puntas de los pies, que maquinalmente llevan el compás de la sonata de Gedeón.

—Conque... ¿qué me cuentas?—pregunta éste cuando ya no tiene colilla que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero.

—Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte.

—¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados negocios...

—Te vas cargando mucho de ellos.

—Como siempre.

—No por cierto. Al principio te permitían venir á verme todos los días; después, cuatro ó cinco cada semana; más tarde, dos, y, por último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la casa.

—¿También zumbona, Solita?