—¡Ojalá pudiera serlo!

—Pues cualquiera lo diría.

—No quien, como tú, debe saber lo que padezco.

—¿Ya empezamos?

—Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia.

—¿La historia de qué?

—De mis pesadumbres.

—¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te falta?

—¡Qué me falta!... Tienes razón: no me falta nada. Yo era una pobre sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa bonita; tengo criada á quien mandar, vestidos regulares que ponerme... todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas honradas.

—También me has cantado esa letanía más de cien veces.