—Señal de que no te corriges.

—Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada.

—Es verdad: nada me debes... ni siquiera compasión.

Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita, y otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca.

—Cuando presté oídos en mal hora á tus palabras—continúa Solita limpiándose los ojos,—no podía yo esperar que llegara un día en que tu abandono me hiciera arrepentirme de aquella debilidad.

—(Melodrama puro.) Adelante.

—Me propusiste que me estableciera en este barrio apartado, donde no se me conocería; y que, para mayor disimulo, admitiera algunos trabajos de costura.

—Proposición muy cuerda, Solita.

—Por tal la tuve yo, y por eso la acepté; pero yo no podía contar con que el disfraz no me bastaría, ni con que la farsa no había de tener fin.

—Y, á propósito de farsas: supongo que tu augusto padre seguirá creyendo que estás en Puerto Rico, sirviendo á unos señores á quienes conociste en la posada aquélla, y recibiendo tus socorros por el mismo conducto.