—Hablo por tu boca... pero mayores los hay en el mundo: como uno que yo me temí. ¡Qué barbaridad! ¿Dónde tenía yo el entendimiento?

—¿Pues qué pensaste, Ana?—preguntó María con viva sorpresa.

—Nada, hija, nada; sino que á veces, tal se ensartan las casualidades y tales visos toman de verdad, que llega uno á ver hasta bueyes que van volando.

—Cierto—dijo María sonriéndose:—por una sarta así, llegué yo, en una ocasión, á sospechar de tí algo parecido; sólo que á mí me duró menos la sospecha, aunque no me la quitaste con razones como la que tú acabas de descubrir: bastóme un poco de reflexión.

—Pues entonces estamos en paz en ese extravagante pensamiento... ¡qué tiene que ver! Y ahora, dime, ¿dónde conociste á ese que te conoce?

—En la villa.

—Ya; pero ¿cuándo?

—Cuando vine con mi madre, dos años hace, á pasar unos días en casa de aquellos parientes suyos que se volvieron á Asturias poco después.

—Y ¿cómo os habéis arreglado para continuar lo comenzado entonces?

—Por cartas.