—¡Hola!... ¿Por el correo?
—¡Virgen María!... ¡Quién me lo mandara! Á la mano.
—Y ¿por qué mano, inocente de Dios?
—Por la de la Rámila.
—¡Miren la cordera que no teme á las brujas!... ¡Vaya si supo poner el secreto en lugar seguro! ¡Y no pensaste, criatura sin malicia, que á negocio en que anda la mano del diablo no puede ayudarle Dios?
—¿Créesle desesperado, Ana? Dime la verdad, sin zumbas.
—¿Estás segura tú de que... ese que te conoce te quiere como se debe?
—Sí, porque yo he impedido que se acerque á mi padre.
—¿Por qué lo has impedido?
—Por la guerra en que está el suyo con él. ¡No se pueden ver, Ana!