»Por eso le recomiendo mucho también la pretensión del amigo don Valentín, con cuya falanje no podemos contar con seguridad á la hora presente. Ya sabrá usted que ese respetable veterano tiene empeño en que se apruebe y se ejecute ahí su plan de defensa contra el enemigo, en el caso probable de que éste intentara entrar en Cumbrales. El tal don Valentín vino á verme esta mañana y me explicó minuciosamente el proyecto. Parecióme complicado, costoso y de éxito infalible; pero se queja el valiente veterano de que nadie le presta atención ahí, y teme no hallar los elementos que necesita para realizar sus patrióticos fines. Atribuye él en gran parte esta frialdad de sus convecinos á la influencia reaccionaria de cierta persona que no quiero nombrar porque no crea usted que me complazco en indisponerle con ella, complacencia que no cabe en el corazón de un caballero como yo; pero muy bien pudiera no equivocarse don Valentín. Lo cierto es que éste no votará á otro candidato que al de las gentes que le ayuden en la empresa, ó no votará á nadie si nadie le ayuda á él. Por demás comprendo que no es grano de anís lo que desea y necesita, y que hasta tiene sus puntas de locura la ocurrencia; pero no hallo inconveniente en que se le preste atención y se haga algo en muestra del buen deseo. Lo cierto es que nosotros, los liberales de orden y de arraigo, no estamos bien con las manos cruzadas delante de los criminales acontecimientos que son causa de los desvelos de don Valentín, y juzgo que un alarde bélico de Cumbrales contra el obscurantista rebelde, sería del mejor efecto en el país; sobre todo, si lográramos eslabonar con ese noble y patriótico sacudimiento, la candidatura de nuestro amigo el marqués de la Cuérniga.

»Como usted comprenderá, señor don Juan, yo no hago otra cosa que dar la voz de alerta y aconsejar lo que, en mi pobre juicio, debe hacerse; á ustedes toca lo restante, puesto que les interesa más que á mí el buen éxito de la batalla. Así cumplo con mi deber; y crea usted que no es leve esa cruz que arrastro. ¡De qué buena gana se la cediera á los que envidian mi legítima importancia en el país! Porque, después da todo, los pueblos son ingratos, y me pagan con perfidias y deslealtades los sacrificios que hago por ellos.»

Horas después que la carta, llegó Asaduras á casa de don Juan de Prezanes.

No describo á este personaje, porque no me le tachen de parecido á cierto Patricio Rigüelta, pariente suyo muy cercano, por parte de padre; la cual semejanza, después de todo, no tendría nada de particular, pues la da el oficio de ambos, ó, por mejor decir, la naturaleza, que produce ciertos hombres formados ya para ejercerle con fruto y lucimiento.

Y hablando el tal Asaduras con don Juan de Prezanes, llegó á decir de esta suerte:

—Mucho me alegro de que se resuelva usté á abrir la mano (cosa que hasta el presente no ha querido hacer, por lo cual el asunto no ha pasado entre ambos á mayores) para que se vea y se cuente lo que hay en ella; pues, á mi modo de ver, éste es el camino único por donde las gentes de bien llegan á entenderse... Pues yo, señor don Juan, voy á decirle á usté en lo que estimo la ayuda que con tanto empeño me busca para el marqués de la Cuérniga, y mucho me alegrara de que el precio no le pareciera subido, porque, en rigor de verdá y tanto por tanto, mejor quisiera servirle á usté, que es, como quien dice, de casa, que á ningún otro forastero de los que trabajan la partida al barón de Siete-Suelas... Son corazonás de la nobleza de uno, que no se pueden remediar. La tierra jala siempre á los suyos... y vamos al caso. No es usté ignorante, señor don Juan, de que yo pretendí, en tiempo legal, los terrenos que cercó junto al monte el señor don Pedro Mortera. Era más pudiente que yo; subiólos en remate hasta donde él solo era capaz de alcanzarlos, y quedóse con ellos... hemos de ser justos, en buena ley. Pero yo no los perdí nunca la que les tuve, ni se la perderé en los días de mi vida, porque los ojos me llevan al mirarlos hechos un jardín. ¡Qué cierro, señor don Juan!... Pues ese cierro es lo que yo pido por servirle á usté en esta ocasión... Ya veo que usté se asombra, y es natural si se mira el caso por derecho; pero déjeme acabar. Están en regla los decumentos del remate; todo se hizo como la ley manda; pero yo le aseguro que si usté me ayuda á mover á estos concejales que son de usté, antes de ocho días no conoce aquel expediente la madre que le parió; se hace una denuncia á tiempo; la apoya don Rodrigo, que ya está en autos; se manda abrir el cierro; se encausa al Ayuntamiento que engañó á la Administración con decumentos falsos; se vuelve á sacar á remate del modo que yo diré, y, sin que pasen tres semanas, el cierro es mío.

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—¡No se enfade, por Dios, señor don Juan! que, en postre y finiquito, ésta es una proposición como otra cualquiera. Si no gusta, tan amigos como siempre; pero no se olvide que yo no me comprometí á decir cosa que á usté le agradara, cuando usté me brindó á proponer lo que me pareciera más conveniente. Y ahora oiga otra condición que tengo que poner todavía; y eso, porque soy muy leal y juego siempre limpio: he de estar en posesión buena y bastante de ese cierro, quince días antes de las elecciones. Si usté me sirve al tenor de lo expuesto, de usté seré con todas mis fuerzas; si no, cumpliré honradamente mis compromisos con el señor Barón, que, si no me da el cierro, porque no puede, como otros podrían, sabe corresponder rumbosamente con los amigos con aquello que está á sus alcances.

—............

—¡Pero, hombre, no se alborote usté así por cosas de tan poco momento!