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—¡De poco momento, sí, señor!

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—¡Anda, hijo, anda! ¡Con que en lugar de ponerme por mote Asaduras, debieron haberme sacado las mías?... Pues mire usté: olvido de buen aquél esa ofensa, por la gracia que me hace lo otro de que si guerrea contra don Pedro, es sólo por tesón de que no valga la suya; y que tan aína como él le conceda una pizca de razón en lo que usté hace, con él se irá á donde él quiera llevarle.

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—¡No, no!... ¡ya veo que le pone usté cerca de los santos del cielo; y mucho deben valer esas alabanzas en boca de un enemigo!

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—Hombre, enemigo dije por lo que á la vista está en la ocasión presente y lo que ha estado en otras tales. La verdá es que, si vamos á hilarlo muy delgado, bien pudiera quebrarse entre los dedos. ¿En qué manifiesta corresponder á la buena amistá que usté le guarda? En casos como el presente, no le ayuda; en otros parecidos, le combate á muerte; si usté dice que blanco, allí está él para sostener que es negro, hasta en los puntos de menor cuantía; y si á creer vamos lo que rutan las gentes, no tienen ustés día de paz completa, por oponerse á todo su genio mandón y riguroso. Yo no diré que esto sea tirria y mal querer hacia usté, como algunos lo aseguran, porque en tales adentros no debo meterme; pero el demonio me lleve si tiene trazas de sentir cariñoso ni de buena intención.

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—No fué tal mi ánimo, señor don Juan: he respondido á un reparo que se me ha hecho, y nada más.