—............
—Cierto; pero don Rodrigo me dice que se lo proponga á usté; usté me llama á su casa; vengo y se lo propongo... De modo y manera que, apurando las cosas, lo feo de la propuesta no está en ella ni en mí, sino en el oficio que usté trae y de sí lo da.
—............
—¡No es insolencia, señor don Juan, sino la verdá pura!
—............
—Eso es muy distinto: en su casa, usté es el amo, y en su derecho está al plantarme en el corral; pero entiéndase que si usté no me hubiera llamado, yo no hubiera venido. Y con esto me largo, que también yo tengo casa, donde soy amo y señor... y no debo nada á naide.
Por último, llegó don Valentín; y tras un largo discurso, enderezado á probar el deber en que se hallaban los hombres libres de resistir á todas horas y en todos terrenos «al perjuro, que de nuevo manchaba el suelo de la patria con su planta inmunda,» se expresó así:
—Hay más relación de la que usted se figura entre servir yo al candidato de ustedes, y ayudarme ustedes en la empresa que me quita el sueño. Yo soy esclavo de mis principios políticos, y á ellos ajusto los actos de mi vida civil. Entra en mi conciencia política la ejecución del plan que traigo entre manos; y ayudando á los hombres que me ayuden, cumplo con mi deber, porque sirvo á mi causa, á la causa de la libertad, que es la causa de la patria; y, por consiguiente, obro con arreglo á mi conciencia. Yo bien sé, señor don Juan, que la empresa es peliaguda y de riesgos; pero se intenta siquiera; se ponen los medios; y, al último, si no se vence en ella, se muere con honra. Y es peliaguda la empresa, porque no es fácil despertar en estas gentes embrutecidas ciertos sentimientos delicados, con los cuales hacen proezas otros pueblos y hasta vencen los imposibles; pero también sé quién tiene la culpa de ese embrutecimiento ignominioso en que vegetan nuestros desdichados convecinos... ¡vaya si lo sé! Aquí, señor don Juan, tiene más arraigo de lo que á usted se le figura la causa del perjuro; aquí conozco yo á un pudiente que, so capa de no querer meterse en barullos de política, sirve en grande á la de su devoción, y quizá conspira en la obscuridad de sus escondrijos misteriosos; quizá él y los esbirros negros que le ayudan, afilan hoy el puñal con que á usted y á mí ha de herirnos mañana el brazo del tirano que se guarece ahora un poco más allá de esos montes. No tengo necesidad de decir á usted quién es ese pudiente, rémora de todo progreso liberal en Cumbrales.
—............