—No me ciega la pasión ni me engañan los ojos que han envejecido mirando de qué pie cojean los hombres; y ciegos deben ser los de la malicia de usted si no han visto mucho de lo que yo digo.

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—Eso que usted me responde honra mucho á su corazón; pero deja los supuestos como estaban. El señor don Pedro Mortera no es trigo limpio, ni, hablando en plata, tan leal amigo de usted como usted lo es suyo.

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—¿En qué me fundo?... Y ¿quién mejor que usted puede saberlo? ¿En qué le ha servido? ¿De qué apuro serio le ha sacado á usted cuando se ha visto con el agua al pescuezo en sus peleas electorales? ¿Qué testimonio público ha dado jamás de que es capaz de hacer por usted... lo que por él está usted haciendo ahora: defenderle?

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—Cierto: nunca ví que delante de él le ofendiera á usted nadie; pero igual hubiera sido, porque casos se han dado, según cuentan... y yo me entiendo.

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—Repito, señor don Juan, que obra usted como un caballero al expresarse así, y me callo, puesto que lo desea, aunque con el sentimiento de no quedar convencido; pero otra vez será. Por de pronto, conste, en abono de mi conducta, que, hablando de la enfermedad, no podía yo menos de investigar las causas de ella. Para concluir, señor don Juan: ¿qué hay de mi pleito?

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