—Eso no es decir nada.
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—Bien conozco que usted solo muy poca cosa puede hacer; pero si no se da el primer paso siquiera...
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—Pues una cosa parecida respondo yo: veremos, señor don Juan, veremos; y según sea el amparo que usted me preste hoy, así será el auxilio que le dé yo mañana. Ya sabe usted dónde vivo; perdonar el mal rato... y hasta cuando usted quiera.
El mismo demonio no dispusiera mejor un plan para sacar de quicio á don Juan de Prezanes, que saboreaba con avidez las relativas dulzuras de las nuevas paces hechas con su compadre y amigo. Don Rodrigo Calderetas, Asaduras, don Valentín, personajes inconexos entre sí, por educación, por ideas, por aficiones, y, sin embargo, unánimes los tres en considerar á don Pedro Mortera enemigo solapado del quisquilloso jurisconsulto. ¡Y se lo contaban á éste sin reparo! ¡Qué de cosas no sabrían cuando tales insinuaciones se les escapaban de los labios!
Así es que al bueno de don Juan le chisporroteaba el cerebro en cuanto se quedó solo y se puso á meditar.
—¡Y sea usted dócil—exclamó de pronto dando un puñetazo sobre la mesa y apartando, de un puntapié, la silla en que estuvo sentado;—y humíllese usted y, en bien de la paz, olvide heridas y agravios, y bese la mano que ha de darle la puñalada en el corazón! ¡Y todavía seré yo el lobo indomesticable, y él el apacible y manso cordero!... ¡Hipócrita!... ¡Bribón! Pero yo te aseguro que no has de salirte ahora con la tuya. Lucharé sin punto de sosiego, por lo mismo que estas luchas te incomodan; y venceré, para que veas que ni te temo ni te necesito... ¡Si yo no voy á tener otro remedio que hacer al fin una barbaridad!
En esta tensión estaban sus nervios cuando topó con don Pedro Mortera, en uno de los paseos vertiginosos á que se había entregado en la sala.